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LSD: Viaje en globo

Albert Hoffman, químico. Seguramente no lo conozcáis por el nombre, pero sí por sus logros. Uno de los más característicos, es haber descompuesto la Quitina y descubierto su composición.

El otro es haberse pillado el mayor globazo lisérgico de la historia de la ciencia, tras haber descubierto el LSD.

Como muchas cosas en la ciencia, el descubrimiento fue casual, como la manzana que dicen le cayó a Newton y le iluminó para desarrollar la teoría de la gravedad, o el fotón con el que tropezó Einstein. Hoffman trabajaba en un laboratorio, descomponiendo cosas y haciendo esas cosas que se suelen hacer en los laboratorios, cuando comenzó a trabajar en un hongo, para intentar encontrar principios activos que pudieran tener fines medicinales.

Dicho hongo ya había sido descartado, pero Hoffman creía que podía encontrar algo en él, e, imbuido por el mismo espíritu que ha llevado a algún colega mío a probar a fumar alpiste, comenzó con su sintetización.

Desafortunadamente para él, afortunadamente para el movimiento hippy, una pequeña cantidad fue absorbida por sus dedos, con lo que llegó a casa mareado, confuso, y con la extraña sensación de que alguien había cambiado sus lentillas por dos caleidoscopios.

Hoffman, tras determinar que era efecto de la sustancia hizo lo que toda mente cinetífica hubiera hecho. Se metió 250 microgramos de LSD, lo que viene a ser 10 veces la dosis límite. Suponemos que tuvo la suerte de estar en un laboratorio, en caso de estar en su cocina Hoffman se hubiera arreado una cucharada sopera de LSD.

El viaje posterior, os lo podéis imaginar, su visión se convirtió en un videoclip de David Bowie derritiéndose, su cerebro empezó a moverse por el espacio tiempo a un ritmo diferente al que lo hacían sus orejas, y tenía la desagradable sensación de que una tortilla de patatas gigante quería denunciarle por violar una pianola. Y eso era el principio.

La dosis fue excesiva, y comenzó a tener la molesta sensación de que iba a morir, concretamente arrastrado por un demonio al infierno, donde todo su mundo se desintegraría, suponemos que estallando en una deflagración de fuegos artificiales con forma de pene.

Su médico, desconcertado por que el único síntoma era que sus pupilas se habían dilatado lo suficiente como para poder meter el puño, no veía nada que indicase que la vida de Hoffman estuviese en peligro, obviando los gritos que el químico daba sobre que una bruja le estaba royendo las costillas. Así que se limitaron a observarlo mientras éste reposaba en su casa, suponemos que con una bolsa de ganchitos y un lápiz para ir apuntando todo lo que decía, para reírse luego en el bar.

Al día siguiente Hoffman no tenía efectos secundarios, y afortunadamente la sobredosis no le hizo ningún daño permanente, lo cual le permitió vivir hasta la edad de 102 años. La mayoría de los cuales se los pasó intentando promover el uso medicinal del LSD, en contra del uso recreacional que esos sucios hippies han llevado a cabo, sin compartir con los demás, ni nada.

También descubrió dos drogas más (la psilocibina y el LSA).

El hombre tenía claro su objetivo en la vida.

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