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La tumba de Tutankamón

Ha pasado ya más de un año desde que estuve de vacaciones en y me gustaría recordarlo contando la historia de uno de los mayores descubrimientos sobre el antiguo , que posteriormente ha dado lugar a muchas leyendas. Se trata del descubrimiento de la del faraón .

En el , cerca de Tebas -sobre cuyas ruinas ahora se encuentra la ciudad de Luxor-, se encuentran la mayoría de las tumbas de los faraones del Imperio nuevo. Se sabía que cuando un faraón moría, se enterraban junto a su muchísimos objetos y riquezas para que cuando iniciase su nueva vida en el más allá, tuviese lo necesario para emprender esa nueva vida. Para proteger las tumbas de los saqueadores, las construían y ocultaban en el Valle de los Reyes obligando a los obreros a ir con los ojos vendados hasta el lugar donde se encontraba la tumba. A pesar de estas medidas de seguridad, las tumbas eran localizadas y eran totalmente saqueadas por ladrones.

De esta manera, en todas las tumbas que se habían descubierto en el Valle de los Reyes hasta principios del siglo XX, se habían encontrado muchas momias, pero no se había encontrado ninguna tumba intacta, sin ser saqueada.

El descubrimiento de la tumba

En 1922, George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto conde de Carnavon, noble inglés, decidió abandonar las investigaciones que durante muchos años había financiado en Egipto. El director de estas excavaciones era Howard Carter, un egiptólogo con una larga experiencia en excavaciones. Lord Carnavon estaba profundamente decepcionado, dado que, a pesar de haber conseguido reunir testimonios que hoy consideramos de gran valor histórico, no había alcanzado el objetivo de descubrir una tumba inviolada.

Durante muchos años Lord Carnavon y Howard Carter esperaron el milagro y exploraron un lugar en particular, una enorme acumulación de escombros por debajo de la tumba saqueada de Ramsés VI. En aquel punto, Carter comenzó las excavaciones. En efecto, el lugar era uno de los pocos en el valle que aún no se habían investigado. La tumba de Ramsés VI era la meta de visitas turísticas, y la solicitud de un permiso de excavación podía comportar problemas con los guías locales. Carter estaba convencido de poder encontrar, aunque estuviera profanada, la tumba de Tutankamón, basándose en anteriores hallazgos de objetos con el cartucho del rey efectuados en la zona. Aprovechando el periodo otoñal y la escasez de visitantes, Carter retiró primeramente los restos del campamento de obreros que habían trabajado en la tumba de Ramsés VI. Su decepción fue grande cuando debajo encontró escombros que parecían ser de origen totalmente natural. En cualquier caso, y con muy poca convicción, decidió alcanzar la roca madre. En la mañana del 4 de noviembre, los obreros se detuvieron frente a un escalón excavado en la caliza. Al final de una escalinata anteriormente oculta por los escombros, el arqueólogo se encontró frente a los sellos intactos de la tumba de Tutankamón. Carter evitó romperlos y llegar hasta el interior en ese momento. En lugar de eso, los volvió a ocultar, hizo proteger la entrada por soldados armados y envió a Carnavon el siguiente telegrama: “Finalmente hecho maravilloso descubrimiento en el valle. Magnífica tumba con sellos intactos. Vuelta a cerrar esperando su llegada. Enhorabuena”. El lord partió inmediatamente acompañado por su hija, y el 24 de noviembre se encontraba en el lugar, cuando se apartó la puerta.

Aparecieron ante los ojos de Carter, carros, vasos de alabastro, estatuas, camas, muebles y, por todas partes, el brillo del oro. Una vez hubieron entrado, se encontraron frente a una nueva decepción: una puerta, vigilada por dos estatuas del faraón de tamaño natural, de reluciente oro. El viernes 17 de febrero de 1923, ante representantes de la prensa, Carter retiró los ladrillos de cierre de esta cámara sepulcral y, a la luz de la linterna eléctrica, se les presentó una visión increíble: en el interior, a menos de un metro de distancia de la puerta, resplandecía lo que parecía un sólido muro de oro. Se trataba de una gran capilla de madera enteramente revestida con láminas de oro, cuyos tesoros interiores nadie podía imaginar. Se apartó la cubierta y en un momento se vieron coronados todos aquellos años de trabajo: el sello de una segunda capilla, esta vez original e intacto, tal y como lo habían colocado los que acompañaron al rey en su último viaje terrenal. Todos los presentes entraron por turnos en la angosta cámara y visitaron la estancia adyacente, denominada posteriormente “del tesoro”. Allí aparecieron una cantidad y una riqueza de objetos sin precedentes en la historia de la arqueología. Una gran caja de madera dorada con las cuatro divinidades tutelares en los lados yacía junto a una inimaginable cantidad de objetos, muchos de los cuales eran de uso cotidiano: un abanico de plumas, un carro muy historiado, las vasijas de alabastro que contenían las vísceras del faraón, etc.

Hasta 1925 no se rompieron los sellos de la segunda capilla dorada, en cuyo interior se encontraron, sucesivamente, otras dos. Éstas, como cajitas chinas, contenían un gran sarcófago de granito que encerraba a su vez tres sarcófagos, el último de los cuales era de oro. En el interior, protegida por una máscara funeraria de oro -la famosa máscara de Tutankamon-, se encontraba la momia, ricamente adornada pero en pésimas condiciones debido a la profusión de ungüentos y perfumes. Así comenzó para Carter una larga fase de estudio que no concluyó hasta su muerte, en 1939. Los hallazgos fueron objeto de complejas tareas de restauración que hoy permiten admirar los tesoros del faraón en el Museo Nacional de El Cairo.

Efectivamente, si vais al Museo Nacional de El Cairo podréis ver lo maravilloso de este descubrimiento. Tened en cuenta que Tutankamon no era uno de los más conocidos faraones de Egipto, así que imaginaros lo que podrían encontrarse los saqueadores en cualquiera de las otras tumbas. Viendo los tesoros de Tutankamon, es difícil imaginarse lo que podría haber en la tumba de Ramsés II.

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