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Cuando los malos son los buenos.

“Unos gozan la vida; otros la sufren. Nosotros la combatimos”
Antiguo proverbio siberiano

Es lo primero que lees al abrir el libro de ” y a partir de ese momento no puedes parar de leer.

El libro cuenta la infancia de su autor, el cual pertenece al pueblo siberiano de los urcas, criminales de profesión con un código de conducta que cuanto menos me parece admirable, si dejas a parte su manera de ganarse la vida, claro está.

Eran gente humilde que respetaba a sus mayores, los cuales eran su máxima autoridad y las mujeres eran sus iguales y aunque no participaban de forma activa en la vida criminal, estaban al tanto de todo lo que sucedia, al igual que los niños criados como “gente honorable” desde su nacimiento. Nadie osaba tocar a una mujer ni a un niño y pobre del que lo hiciese. Los disminuidos mentales eran intocables y tratados con suma delicadeza pues, según su creencia, eran como los ángeles y se mantenian inocentes toda su vida. Os podría relatar decenas de normas que se antojan cuanto menos extrañas en delicuentes que trataban con la violencia extrema a diario y desde que nacen, pero os estropearia un libro magnífico, duro y crudo que deja a la Mafia de “El Padrino”, en mi humilde opinión, por los suelos.

En las primeras páginas del libro, el autor, relata como en su infancia su mayor diversión era contemplar a los adultos de su familia limpiar sus armas, y aún así puedes ver la pureza de su corazón a lo largo de las 347 páginas del libro, donde la muerte y el odio bailan con el amor y la nobleza una danza de increíble belleza y con un equilibrio sin igual, pues mantenerse cuerdo en un mundo como el de “Educación siberiana” no debió ser tarea sencilla para Nicolai.

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